Lo que le debo a Michael Ende
La primera noche que pasé en un hospital fue una mierda. En parte porque tenía ocho años, nunca me había visto en otra igual e intuía que me aguardaban varias noches más, en parte porque estaba en un hospital de adultos con una compañera de cama octogenaria y sobre todo porque mis padres, en lugar de traerme mis tebeos de Astérix, me compraron un libro que parecía una birria. El libro en cuestión se titulaba Jim Botón y los trece salvajes y en portada aparecía la frase: Primer Michael Ende publicado en España. El papel era reciclado y las ilustraciones tan feas… No sabía aún que ese libro era la segunda parte de otro, ni quién era Michael Ende, pero de repente me cayó gordísimo. Menudo disgusto. Me emperré en que no me lo leía, que no y que no. Pero las noches hospitalarias son largas y cualquier cosa es mejor que mirar al techo. Así que con desgana comencé a leer las aventuras del negrito Jim Botón. Entonces me olvidé de dónde estaba, de mis doloridos pies y de la señora que roncaba en la cama de al lado. Cuando terminé el libro, volví a empezarlo y seguí hasta que amaneció, momento en el que me dormí como una bendita. Sólo por esa noche le debo mucho a Michael Ende.
Michael Ende, aparte de dramaturgo y escritor, era un apasionado de la ciencia económica, de Japón y su cultura, y coleccionaba figuritas de tortugas. Ayer hubiera cumplido 77 años y yo sigo debiéndole al menos una visita a Munich.
¡Buen día a todos!



