Historias de miedo gordo
Se desconoce la razón, pero el día de los muertos tendemos a contar historias espeluznantes, como si no diera suficiente mal rollo en día en sí. Normalmente en los cafés hablamos de lo cara que está la vivienda, de cómo nos ha cambiado la vida (a peor) el euro, del cuantísimo paro que hay y de lo poco que sirve una titulación hoy en día, sobre todo si es en derecho. Lo de siempre. Pero en este día, las conversaciones se tiñen de un tono tenebroso y aparecen los "pues a mí una vez…". Y es que a todo el mundo le ha ocurrido alguna vez algo pretendidamente sobrenatural e inexplicable. Como me ha tocado pringar haciendo monigotes y no he tenido café de ningún tipo…
Pues a mí una vez, en plena efervescencia adolescente me llevaron a una vidente, que acertar no sé si acertó algo, pero me dejó un canguelo tremendo en el cuerpo. Pasaba las vacaciones con mi familia en el zur y allí, o por lo menos en mi entorno, las mujeres mayores se aburren cosa mala y son muy aficionadas a dejarse los cuartos en videntes, amuletos y demás. Mis tías eran clientas de una tarotista, a la que llamaban "la bruha". Con semejante apodo buenrollista y con más moral que el alcoyano, las acompañé en una de sus visitas. En mala hora. La señora aquella, la bruha, que tenía la casa llena de estampitas de santos, velas, velitas y velones, abrió los ojos enormemente al verme. ¡Ezta niñaaaaa, ezta niñaaaaaa!-gritó. En el zur, aunque tengas cuarenta años y cinco hijos sigues siendo la niña. Es así. Mis tías parecían espantadas, yo, aterrorizada. La mujer seguía a lo suyo: ¡Veo un gran poder en ezta niña! ¡Un don! Y dale. Una de mis tías exclamó: ¡Yo lo sabía! Ahora resultaba que mi tía estaba en el ajo. ¡No vayas a los cementerios!-me advirtió la vidente- Tienes el poder de atraer a los espíritus… Joder, ¿y por qué no a los maromos? La bruha, que no estaba satisfecha todavía con el terror de mi cara, añadió: Nunca estarás sola, porque tienes dos espíritus siempre contigo, dos mujeres que esperan realizarse en ti…
¡Toma castaña! Vamos, que si no me comía un rosco, no era por mi escaso atractivo, ¡era por aquellos dos mochuelos que llevaba colgando día y noche! Por supuesto, aquella noche no dormí, claro, ni la siguiente. Igual ésta tampoco, que soy muy caguetas.
Buuuuuh… ¡Buen día a todos!


