Shutterbug Follies ¡menuda metomentodo!
Cuando llegas a casa después de un día de mierda, lo mejor no es tomarse un capuchino con el italiano dentudo del anuncio, no. Lo mejor es leer algo inane, superficial y, si puede ser, divertido.
Aquel día abrí con poquitas ganas Shutterbug Follies, de Jason Little. Mi objetivo era distraerme y tengo el listón muy alto, tan alto, que ni el mono trepalistones de Frank Cho llega. Como digo, empecé a leer con pocas ganas y la cabeza más en otro sitio que en el cómic. Pero, desde la portada, Jason Little nos presenta tan maravilloso despliegue de color, que resulta imposible atender a otra cosa. La historia también engancha; es entretenida, palomitera y sin pretensiones. No se desvelan los enigmas del universo, ni hay dramas personales de los que encogen el alma.
Bee es una fotógrafa aficionada, pelirroja y gafapasta, un tanto culona, que trabaja en la máquina de revelado de una tienda de fotografía. Entre sus aficiones está el cotilleo desmedido, que le lleva a coleccionar fotos personales de sus clientes. Una discreción y profesionalidad tremendas las de esa tienda. Dios, aparte de un amplio trasero y una capacidad de cotilleo que ni anarrosa, le ha otorgado una curiosidad insaciable. Sí, Bee es una tía metiche. Y si además aparece un misterioso fotógrafo armenio que fotografía cadáveres fresquísimos… para qué queremos más. Bee sospecha que el armenio no es trigo limpio y, bueno… ¿quién diría que con semejantes muslos se puede ser tan ágil?
Superficial, entretenido, bonito y agradable. Esta joyita me alegró el día y le doy cuatro váteres, porque además es manejable para los menesteres evacuatorios.
Shutterbug Follies, de Jason Little (Ed. Planeta de Agostini, 13,95 €)
Defecalificación: ![]()


