Lepisma drama Queen (II)
Como os contaba ayer, mi colección de cómics y de libritos azules de ciencia ficción de Orbis corría gran peligro. Por si fuera poco (ya lo habéis comentado algunos), nadie parecía saber de qué bicho se trataba. Echaba de menos algún manual de cría, cuidado y destrucción del lepisma, ese gran desconocido. Una amiga me contó que tenía una caja herméticamente cerrada y salieron montones de lepismas al abrirla. Ni Tamariz. Mi madre explicaba que los lepismas se hacían (ellos a sí mismos) ¡de la humedad! Ni huevos ni gaitas. Entre unas historias y otras, el lepisma estaba alcanzando para mí cotas de ser mitológico o leyenda urbana, como el unicornio o el señor que regala caramelos con droja a la puerta del colegio.
Los lepismas, en su inmensa desfachatez, se apareaban en mis narices. Para hacerse de la humedad, eran un tanto promiscuos… De ahí que el folleteo bajo la amenaza de Los muertos vivientes no me parezca nada del otro mundo, porque yo, zapatilla en ristre y ojerosa por las mañanas, soy lo más parecido a un muerto viviente que puede encontrarse nadie. En invierno, los lepismas se reunían en torno al calefactor a planear la conquista del mundo, haciendo uso del derecho constitucional de asociación.
Por suerte, un afortunado reventón de tuberías inundó el mesón de abajo y arrastró a las alcantarillas los sueños cthulhulianos de los lepismas y, de paso, a ellos mismos. La pintura blanca antihumedad, antimoho, antibacterias y antivecinasdearriba hizo el resto.
Ahora tengo unos años por delante hasta que se reagrupen, mientras se vuelve a pudrir el almacen del calvorota de abajo. He ganado esta batalla, pero la guerra continúa.
¡Buen día a todos!


