Frank Cho en blanco
Me he pegado todo el fin de semana en blanco, sentada mirando una hoja, engrosando mis posaderas y buscando mil excusas para levantarme. Excusas no me faltaban, sobre todo de ésas que tienen tapas y páginas pintarrajeadas y que se amontonan formando una pila interminable.
De mi última incursión a la tienda-zaragozana-de-cómics-al-50%, he traído con un esfuerzo considerable: La mansión de los Pampín (Miguelanxo Prado), You are here (Kyle Baker), La Leyenda de la Luna Llena (Michael Ende-Binette Schroeder), Liberty Meadows 5 (Frank Cho), un librito de Silverberg que me faltaba y Cages (Dave McKean). De ahí la palabra esfuerzo. Arrastrar semejante mamotreto, cargada como una mula, con la calorina que pega en mi Zaragoza natal, tiene su mérito. Al menos ha sido a mitad de precio, porque si llego a pagar los 51 euros que vale el tocho, ya me lo puede traer a casa el propio McKean a la pata coja.
Entre que me sentaba, me levantaba y me volvía a sentar, he empezado a leer Liberty Meadows 5. Frank Cho es un dibujante cojonudo pero no me hace esbozar ni media sonrisa. ¡Cómo se repite! ¡Qué sosa es Brandy! Si las tetazas hiciesen reír, este cómic sería graciosísimo. Siempre me dicen que es envidia cochina, y a lo mejor es verdad, pero es curioso el éxito que tienen estas tiras cómicas entre los hombres. Otras, de estilo similar, como La laguna de Sherman, Zits, Get Fuzzy o el maravilloso Mutts no atraen tantos lectores masculinos. Pero no quería hablar de esto.
Lo que quería contar es que este fin de semana he sentido una inmensa simpatía por Cho. Casi casi una comunión espiritual. Bueno, tanto no. He leído sus tiras sobre sequía creativa y páginas en blanco y me ha hecho gracia. A ver si va a ser verdad que soy un señor con bigote…


